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viernes, 2 de diciembre de 2011

Cuento: Un regalo de navidad

           Francisco José Ruiz Fernández.
Aula Hospitalaria Hospital General. Virgen de la Arrixaca.  Murcia
Faltaban cuatro días para la Navidad. Mis padres y yo íbamos a pasar los días de fiesta en Heildeber (Alemania) donde viven mis tíos y mi prima Rebeca a los cuales no conocía personalmente, sólo a través de algunas fotos antiguas. La navidad en Alemania  es muy activa y en las noches precedentes a la Nochebuena, la gente recorre las calles y callejuelas de las ciudades  donde te encuentras decenas de puestos de castañeras. Las castañas asadas son una de mis debilidades.  A mi padre le gusta el vino caliente con canela. Todas las calles están llenas de niños y sus  rumores.

Durante el viaje en el avión, recibimos la llamada de mi tío para decirnos que acababa de sufrir un accidente y no podía ir a recogernos al aeropuerto, pues le habían escayolado la pierna.

-- ¿Qué haremos?
-- ¿Qué podemos hacer?

A mí me hacía ilusión visitar la ciudad sólo con mis padres y les propuse pasearnos por el mercadillo de navidad antes de llegar a casa de mis tíos.

Salimos del aeropuerto y nos dirigimos a la parada de taxis. Nos subimos en el primero que paró.

Sin fijarnos demasiado le dijimos que queríamos ir al mercadillo de la navidad. Al llegar al lugar vimos un cartel que indicaba que el mercadillo había cerrado hacía una hora.

Me quedé fastidiado, pues tenía muchas ganas de visitarlo y comprar recuerdos navideños de este viaje para traerlos después a España.

El conductor del taxi, era un hombre mayor, con barba y poco crecida  y pelo blanco como la nieve. Al oírme desolado nos dijo:
-      Si no tenéis mucha prisa os puedo acompañar a un lugar que os asombrará y que seguro que os gustará más que el mercadillo.

Mi madre dijo desconfiada:
-      No, es muy tarde. La tía Fina nos espera y estarán preocupados.
-      Noooo, dije yo.- un poco impertinente- Quiero ir a ese nuevo mercadillo que nos dice el taxista.

Mi padre, por agradarme, convenció a mi madre y  le dijimos al conductor del taxi que nos llevase a ese lugar.

Cuando llegamos al destino, todo era un poco curioso. El mercadillo no era como imaginaba. Se trataba de un edificio más parecido a una fábrica que a un hipermercado. La puerta de madera donde nos dejó el taxista estaba completamente cerrada. Nada más bajar del taxi, el coche desapareció y nos quedamos un poco sorprendidos de que el taxista no nos cobrara el viaje.

Mi madre más precavida, dijo enseguida:

-      No te acerques, no me fio de este lugar.
-      Quiero mirar por una ventana a ver qué hay dentro.-respondí intrigado-.
-      Todavía no --dijo mi padre--. Más tarde. Quiero ver dónde estamos antes de hacer nada…y debemos decidir a dónde vamos a ir.

Yo no hice mucho caso y me fui corriendo a la puerta y llamé dando dos golpes fuertes. Al instante la puerta se abrió de forma automática. Dentro no se veía bien, pues una nieblas espesa impedía ver más allá d un par de metros, aunque se escuchaban muchos pasos, murmullos y ruidos de  máquinas oxidadas que no paraban de trabajar.

Al momento apareció una niña aproximadamente de mi edad, rubia, con una gran melena que cubría parte de su cuello y espalda. Iba vestida con un traje de color verde y un gorro rojo carmesí  con caída, y una bola blanca en la punta. No entendíamos muy bien lo que pasaba, pero la niña inspiró confianza a mi madre, algo que me sorprendió pues sin preguntar mucho mis padres y yo decidimos acompañarla.

Nada más cruzar unos metros de la niebla espesa todo se aclaró y ante nuestros ojos apareció un cálido salón, de medidas extraordinarias, donde empezamos a divisar tras una cristalera a muchos niños peculiares trabajando al lado de máquinas muy viejas pero perfectamente cuidadas.

Nuestro acompañante no nos hablaba, sólo nos guiaba con señas hacia donde debíamos ir. Cruzamos este salón con olor a caramelo y dulces galletas de chocolate. La boca se me hacía agua y  nuestro guía nos invitó a tomar algunas de unas grandes bandejas que habían preparadas.

Al cruzar una nueva puerta, la sala que nos encontramos era diferente. Sus paredes eran de color marrón con tonos dorados. Allí no había ruido y el silencio era permanente. Al fondo, al lado de la chimenea, había un hombre sentado de espaldas en un sillón.

Su aspecto me resultaba conocido, cuando se dio media vuelta lo tuve claro: era el taxista que nos había dejado en la puerta hacía un buen rato.

Conforme nos acercábamos a él me fijaba en su ropa. Llevaba una chaqueta roja y pantalones abombados terminados en unas botas negras. Mi pensamiento me decía algo que mi sentido común no creía, pues la persona que estaba viendo era Santa Claus.

Miré a mis padres asombrados y al mismo tiempo asustado. Sin embargo observé que ellos no estaban nada preocupados, todo lo contrario, tenían una mueca en la cara de felicidad y emoción. Yo no entendía nada.

Por una puerta lateral, salieron una mujer. Nada más vernos se dirigió a mi madre, que con lágrimas en los ojos, se abrazó cariñosamente en un abrazo interminable. Yo estaba perplejo. Cada vez entendía menos. Pregunté de inmediato a mi madre, mientras mi padre se abrazaba con aquel hombre tan peculiar entre grandes risotadas de ambos.

Mi madre por fin y viendo que se me iba a salir el corazón del pecho me dijo con voz alegre y melosa, señalando a la chica:

-      Puedes abrazar a tu prima. Es Rebeca, y estos son tus tíos Fina y Claus.  Esta era nuestro regalo de navidad y queríamos darte una gran sorpresa.

…Y vaya si me la dieron, tanto tiempo sin conocer personalmente a mis tíos y mi prima y resulta son la familia Santa Claus.  ¿Quién me lo iba a decir? Podéis imaginar que estas navidades fueron inolvidables.

3 comentarios:

  1. Hola soy MARIA,estudiante de Educación Social me ha gustado mucho tu regalo de NAVIDAD. UN BESAZO ENORME

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  2. Me ha gustado mucho y me ha mantenido intrigada hasta el final. Es un bonito cuento de Navidad.
    (Y qué suerte el protagonista, tener de familia a la de Santa Claus)

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  3. Es un cuento precioso y tiene mucha intriga. Me ha gustado mucho. Enhorabuena

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