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martes, 12 de junio de 2012

Un sueño en el hospital




A Tintilla nunca le había gustado ir al colegio y mucho menos, estudiar. Se agobiaba en clase y siempre estaba distraída pensando en la hora de salida. Tampoco le gustaban los cuentos, ni los 

libros de aventuras, ni ningún libro en general. Según ella, estaban llenos de palabras feísimas de 
color negro, sin adornos ni dibujos, palabras oscuras que ni siquiera entendía, y por eso los libros 
le parecían pesados y aburridos a más no poder.




Ella prefería ir de excursión con su pandilla, e incluso, a veces, con sus padres. Le gustaba trepar a los árboles, ir a la playa a nadar y bucear, hacer cabañas, escondites de piratas… todo eso. Pero leer o escribir, nasti de plasti.

Un día de verano que iba con sus amigos por el campo haciendo carreras con la bici, no vio un barranco que estaba sin señalizar y se cayó desde una altura de más de 2 metros. Se destrozó la pierna derecha. Aquello tenía mala pinta. Le limpiaron la herida, le sujetaron la pierna con una tablilla y la llevaron al Hospital.  Después de las primeras curas en Urgencias, los médicos le dijeron que tenía una rotura abierta y que precisaba cirugía. O sea, que no quedaba más remedio que operar.

Como a cualquier otra persona, eso le dio bastante miedo, pero lo ocultó porque no quería preocupar a su familia. Su familia, que tenía el mismo miedo que ella, también se lo calló, como hacen todas las familias del mundo creyendo que así ayudan al enfermo. Siempre dicen No pasa nada, en vez de entender que lo que necesitaba Tintilla era llorar y desahogarse un poquito.


Durante los días de espera y mientras le bajaban la infección a base de antibióticos, su compañera de habitación le prestaba cuentos que ella agradecía pero que no miraba. Uno de ellos fue La Historia Interminable, que se le hizo eterna, desde luego, porque no podía pasar de la primera hoja y se le cerraban los ojos del aburrimiento.  


Por fin llegó el día de la operación. Nada más entrar en el quirófano, el Anestesista, que parecía muy simpático, le sonrió, le tomó la tensión y el pulso y le puso una mascarilla de color verde. Se quedó dormida.  
Al instante, empezaron a suceder cosas  Fantásticas:       
Se originó un tremendo vendaval y soplaron fuertes rachas de viento que azotaron a la ciudad con una potencia formidable. Aquella tormenta repentina rompió techos y cristales, partió ramas de los árboles, tiró macetas y provocó que casi todo saltara por los aires.                                                                                            
Multitud de libros, con sus lomos de brillantes colores, empezaran a elevarse.     Como si no pesaran nada, tomos grandes y pequeños, diccionarios y revistas, libros gordos y delgadas cartillas se alzaron de los estantes de las bibliotecas, y, a través de las ventanas abiertas, echaron a volar.                                                                              
Según se elevaban se les iban cayendo las letras y los personajes. El aire fresco les abría las hojas y decenas, cientos, miles de palabras de todo tipo se precipitaron en cascada sobre los tejados, los parques y las calles de la ciudad.   

La  población, boquiabierta, recogía esa lluvia de letras y las guardaba en grandes cestas de mimbre. Cuando el viento calmó y el cielo quedó limpio y sereno, las depositaron sobre unas mesas alargadas, las pintaron de colores rojo, azul, lila, amarillo, naranja y ocre, y las decoraron enlazándoles árboles, soles, casitas y dragones.


Dejaron las letras resplandecientes. Éstas sí que eran preciosas, elegantes como mariposas y listas para viajar y crear nuevas historias con ellas.



Y eso hicieron: jugaron con las palabras, descifraron mensajes secretos, resolvieron acertijos, fabricaron marca- páginas con flores de almendro, dibujaron divertidos tebeos y lloraron de emoción con los cuentos que escribieron.

La ciudad, que había empezado a oler magníficamente a tinta y a papel, se les llenó de personajes insólitos. Por sus barrios paseaban magas, gigantes, castañeras, duendes, vampiros, amazonas, piratas, cervatillos y conejos. 
Tintilla alucinó cuando vio, saludándola como si tal cosa, a una niña de coletas tiesas sobre un caballo pintado con lunares negros. Y cuando se cruzó con un marino de piel curtida y aretes en las orejas que decía llamarse Simbad y le hacía reverencias diciendo salam-alaykum en un idioma nuevo. Y tranquilizó a un niño tan pequeño como un pulgar que lloraba desconsolado porque sus padres le habían abandonado. Incluso reconoció de lejos a un druida galo preparando pociones en su caldero.

Todo el mundo contribuyó en la tarea de salvar y reparar los volúmenes que se iban encontrando. Unos les quitaban el polvo y la suciedad. Otros, les separaban las piezas estropeadas. Los artesanos de la Calle Librerías les imprimieron grabados y letras de pan de oro y, por último, cosieron las hojas y los forraron con bonitas tapas de cuero rojo.      


Tintilla, sin saber muy bien por qué, se acordó emocionada de los médicos y enfermeras que le estaban curando la pierna.  
Notó con alegría que algo cambiaba en su interior. Aquello era tan nuevo y tan estimulante, que ponía su fantasía a funcionar. Un día, mientras ayudaba en el salvamento, descubrió algo que le dejó sorprendida y asombrada: los libros le hablaban en susurros y ella los entendía!
Empezó a sentirse como esos Grandes Magos que sacan La Varita de Escribir y de un plumazo, zas, cambian los falsos discursos de los políticos por canciones y versos; zas-zas y desaparecen los no pasa nada  y los silencios; zas-zas-zas y suprimen las palabras que les aburren como ósculo, antiparras, bacalao y australopiteco. Poderosos Magos capaces de imaginar mundos extraordinarios y seducir con una isla y su tesoro, con una ballena blanca, con un grupo de amigos descubriendo misterios o con un viaje en globo a través del indómito desierto.

 Ella y sus amigos reemplazaron toneladas de leyes, ordenanzas, pretéritos de subjuntivo, gerundios y reglamentos, por palpitantes historias de marineros, que metían en botellas de cristal y lanzaban al mar junto a poemas y proverbios.

Algunas consiguieron llegar hasta bellos continentes de coral, muy alejados de su puerto, y que conocieron palabras mágicas y relatos de otras culturas y de otros pueblos. Llenas de entusiasmo, se hicieron amigas de c´était une fois, bokura-ga-ita, a long time ago…

Al poco de despertar y según la subían desde la Sala de Reanimación hasta su habitación en la Segunda Planta, Tintilla dejó bien claro a su familia dos cosas:

Una, que quería que le dejaran llorar cada vez que tuviera miedo.
Y dos, que, por favor, le trajeran a la habitación el mayor número posible de libros de cuentos.

 Ah, y tres, que tenía tanta hambre que se comería un cocido entero.

-Ay, doctor, que esta niña no está normal, que la criatura ha perdido el juicio. Mire usted que está pidiendo cuentos y no sé qué dice de llorar…
Ay, que esto va a ser por culpa de la anestesia-se lamentaban los padres a punto de darles un ataque de nervios.

Tintilla no quiso explicar ni contar nada. ¿Para qué? Total, nadie le iba a creer…

Ella pensaba que fue algo más que un sueño. Sabía que saltó de la cama del quirófano, y que se asomó a un mundo donde era posible llorar y tener miedo sin avergonzarse, donde se podía navegar sin barcos y volar sin alas, y, como en los mejores y más divertidos libros, tener un lenguaje propio y secreto.

Sonriendo, reconoció el pequeño marca páginas de flores que todavía conservaba entre los dedos.
                                                        

                                        Fin 



Ana Sancho, es Trabajadora Social del Hospital Santa Lucía. Ha escrito este precioso cuento para los niños y niñas de las Aulas Hospitalarias. La protagonista, Tintilla, vivirá una fantástica aventura en el hospital donde descubrirá el mágico mundo que encierran los libros y se dará cuenta de que, a veces, llorar resulta tan necesario como reír. 
                                ¡¡Muchísimas gracias, Ana!!

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